Yuniel D’Casal

Ética explicada según el orden geométrico

Por Ángel Pérez

Quienes se creen informados sobre el paisaje artístico contemporáneo, experimentarán el trabajo de Yuniel D’Casal como una desfachatada tomadura de pelo. Podrían pensar, por ejemplo, que hay tener los pantalones bien puestos para, en medio de tantas urgencias sociales y tanta experiencia política, sacrificar la cualidad dialógica de la obra en favor de un lúdico ensayo con el valor expresivo del plano formal. Sin embargo, esta “aparente” broma lingüística –dada en el atrevimiento con que se somete al público a dicha experiencia receptiva– esconde más de un motivo de interés; de entrada, porque siempre que se compone una imagen, el texto resultante calla más de lo que dice. Es justo esa trama de ausencias la que deviene significativa a la hora de sopesar las coordenadas de los más jóvenes artistas cubanos; esa es la brecha lectiva que nos permite escrutar sus modos de estetizar la realidad, no importa cuán personal esta sea.

Los ejercicios visuales de Yuniel no temen exponer abiertamente su ascendencia estilística. De hecho, los mecanismos de seducción retiniana por él accionados, en buena parte, proceden de un legado asentado en la superficie misma de las piezas: desde el neoplasticismo y la Bauhaus, pasando por el arte cinético y el minimalismo, hasta el pop art, la estética de los mass media y el kitsch. Pero el ánimo de Yuniel por el pastiche no implica una voluntad discursiva que tome esos estilemas como pretexto para desplegar intelectivas reflexiones sobre el presente, su gesto es, ante todo, una experimentación con los atributos básicos de la representación: el espacio, la composición, los colores…, incluso renuncia a la emoción directa enfocado en una síntesis, digamos que matemática, del repertorio plástico. 

A ello se limita con absoluta consciencia: a la horizontalidad de la línea, a la planimetría y neutralidad del color, a la geometrización, equilibrio y simetría de las composiciones, al impacto físico del artificio –paradójicamente restringido a los componentes antes descritos–. Yuniel despliega aquí una clara maniobra de manipulación de la capacidad receptora: ¿puede lo que se me presenta pasar siquiera por obra de arte? Posicionado en esa encrucijada, entonces alcanza a remitir, más bien a conciliar, ciertas ideas sobre el arte mismo, su autonomía, libre de mediaciones que no sean morfológicas. Así mismo, habría que reparar en el énfasis que introducen los títulos, vectores interpretativos que proyectan más de un guiño sardónico al respecto. 

Ahora, ¿genera la autosuficiencia un vaciamiento de sentido?, ¿la celebración y el reduccionismo del plano expresivo, a un mismo tiempo, implican incapacidad comunicativa? Desde luego que no. La pregunta sería a qué responde o de dónde emerge la operatoria escogida por Yuniel. Me atrevo a especular que esas coordenadas por las que se mueve el artista llaman la atención sobre un panorama cultural agónico, sacudido hace al menos tres décadas por contundentes imperativos sociales, que han producido un corpus axiológico de complejo análisis. Si trascendemos la contemplación visual propuesta por ABC; si nos desplazamos más allá de sus juegos de sentidos, trenzados entre títulos e imágenes, se hará evidente más de un dato sugestivo para comprender qué pasa con el arte cubano contemporáneo.

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