YORNEL MARTÍNEZ

HIDROAVIÓN*

Por Larry J. González

―¡Atmósfera china, muchachitas! ―el Director sale de una
nubecilla azafrán con olor a yerba quemada.
SEVERO SARDUY

Cambalache: la cola del goldfish

El meneo del goldfish como garabato(s) sobre el pliego: el garabato es callejuela marcada en el fango, callejuelas en un campo de arroz vistas desde arriba (un hidroavión que va a posarse en El Lago). El Chino sigue el meneo del goldfish con la vista. Detrás del gesto muere la representación del pez y queda el afán dual de la parábola: curva-alegoría. El Chino sigue el meneo del goldfish con la vista y lo torna garabato. La pincelada que ondula, atada a la cola de un goldfish; para luego, proferir en la cara del garabato: ―Creced y multiplicaos.

Los rebotes del garabato van marcando la cadencia entre las piezas de El Chino. Como si el ritmo de las piezas salivara en un lago cerca del Himalaya. Exceptuamos el objeto Movimiento de un pez en Tokio y los otros rebotes pueden transcurrir cerca de La Morada de las Nieves. Aunque un pez en Tokio (traza de humo: el movimiento de un goldfish sobre las rascacielos japoneses) nunca llegará al Himalaya, es sin lugar a dudas, otro garabato que tiene su calco a la orilla de El Lago. Calco del gesto inicial en la serie Nubes, a la usanza del ojeo en la cola del goldfish; de los cartones trash pronosticando la cerrazón (nubes densas, celajes atestados de citas , enchumbados de dripping).

El ritmo que saliva entre las piezas se torna concreto: un caballo pateando a orillas del lago que fluye cerca del Himalaya.

William Blake y los caballos de instrucción

Cuando el trazo deja de ser garabato, la obra de El Chino comienza acercarse al jadeo de la respiración de un caballo. El Chino incide en figuras fetiches que se mueven de uno a otro soporte o parecen recreaciones de una misma idea que fluctúa de objeto a intervención y de intervención a lienzo y va apuntando coherencia en esos muestreos reiterativos. El lienzo Mariposa aplastada por astro parece un revival del objeto Mariposas sobre el pavimento. El objeto El camino que conduce a la casita del ermitaño parece referente para el lienzo La vuelta al día en ochenta soles. Ideas fijas y mutables, en ocasiones engarzadas a la palabra que es consciente de la progresión del ritmo desde la periodicidad con que brotan ciertas significaciones: El tiempo, La nevada, El lustre de la constelación.
Una Idea Fija: el pastar impasible de los caballos mudos bajo el sol.

Con una esponja abarrotada de agua dibujas un caballo de agua sobre el granito. Encima de la forma del caballo mudo la noción del paisaje como reflejo. El gesto del dibujo como pretexto y dejar latente una porción de eternidad transcurriendo. Que mute hasta que se la lleve el albor.

Pastan otros Equus: hay cebras y un jinete contemplando el geoglifo (recorriendo un caballo trazado en la inmensidad de la planicie). De formato 50×50.

El Chino se sirve de una pared, evoca a Blake y abajo dispone un caballo en papel craft. (William Blake tenía fetiche con la estatura de los caballos de instrucción, media el tiempo en que los equinos languidecen para ser devorados por los tigres de la ira). Se crece la trascendentalidad del texto romántico como eje del discurso, base para el orden de la figuración. Los textos de El Chino su mueven entre la apología, la cita y los atisbos de un verso que va dando cabezazos en la nieve. Y en ocasiones, emerge la representación con la sutileza de un haiga que ampara a la palabra fingida en poly espuma: Templo(s) en la nieve.

La palabra también como caligrama: La sinuosidad de la forma que va calando la voz en vinilo. Pensando cómo se vería el reflejo desde la serigrafía.

Oído interno

El principio de alternancia entre el Yin y el Yang sobre una mesa que pende. La armonía de lo apetecible, manifiesta desde la combinación precisa de alimentos que estimulan el contrapeso de la mesa en la pieza Equilibrio. Intervención: Raciones Yin y Raciones Yang para la dieta justa de las fauces que irán engullendo y tratando de prolongar el nivel de la comida (echar un bocado como si las raciones fueran tentempiés dispuestos sobre un tour de force). Los dos principios unitarios reposan alentando el logos de lo Lleno, ascenso entre cultivos sanos de Las laderas sombrías y Las laderas soleadas.

El cemento también en vilo. La relatividad entre las piezas Equilibrio y Cielo concreto. Mientras la primera se encubre en el rictus de La cena ingrávida, la segunda flota en la argucia de La Utopía. Cielo concreto se exhibe a la intemperie y establece un rasero bajo el ideal inalcanzable: Limbo. Medidor de posibilidades que se lastra con los ribetes rugosos de una chapucera y obvia fundición, brotan cabillas en consonancia con las salpicaduras del cemento a lo largo del cielo denso. Pervive el texto calado que da nombre a la pieza a través del hormigón y establece un cierre en la doble acepción del designio hueco. Sobre la frase se asienta de golpe el alud comprimido: la pesadez a ras de las cabezas del hormiguero corriente.

El Lago: planeo del hidroavión

Un pedazo de mármol que revela algunos picos de la cordillera del Himalaya se exhibe en un recodo, avizora El Lago. Una ventanilla astillada por piedras: Las veces que ha caído la luna sobre el lago en invierno, surge como El Lago cruento y duro. El astro lamiendo frigidez, gangrena.

Añicos yertos: Coz de caballo sobre el hielo.


*A propósito de la Beca de creación Antonia Eiriz 2012 otorgada a Yornel J. Martínez (El Chino).

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