RUBÉN FUENTES

Islas y montañas

Por Gustavo Pita

Una isla frondosa que nace de sus árboles.

Una montaña cuyo ascenso nunca termina.

La isla que crece y crece hasta hacerse montaña.

Montañas y más montañas. Islas y más islas.

Hojas y más hojas, bajo y sobre los árboles.

Islas y montañas se diluyen como nubes en la distancia o, acaso, el olvido.

Montañas que erigen los que las suben.

Islas que descansan en quienes las viven. Todos como Viernes a la espera de un Robinson…

Blancos, verdes, rojos, grises, negros… Ausencias, presencias, retornos, incertidumbres, preguntas…

Belleza, misterio, simplicidad, elegancia.

Resulta increíble que la pintura y la escritura accedan a dimensiones tan distintas de una misma hoja de papel. El que escribe se siente como si conviviera en un mismo espacio, aunque en una dimensión diferente, con el que pinta. Sin embargo, hay por lo visto una en la que, con fortuna, ambos llegan a encontrarse: la de los símbolos.

En particular, en este caso, el que escribe ha tenido, además, la suerte de haber coexistido en una misma época, en un mismo país e incluso en un mismo auditorio – uno de espaldas a la pizarra, otro frente a ella – con el que pinta. Y ciento ochenta grados de diferencia no han impedido que exploráramos juntos una misma dimensión simbólica para la que no valen referencias como pupitre y pizarra.

Rubén Fuentes González viene de una Cuba que es, como país y como paisaje, una isla. Un cubano lleva en su alma sus costas: ni en medio de la manigua olvida que en torno se encuentra el mar. La isla es el paisaje. El paisaje es la isla. Es desde la montaña que recuperan allí su condición de realidad empírica las costas del alma, y por eso no es en las costas empíricas que están sus fronteras. Y es que Cuba, isla y todo, es infinita. En su limitada pequeñez siempre encontraron un recoveco mágico para evaporarse entre el calor de los montes los palenques cimarrones. Más bien, la Isla es el Todo.

Habiendo nacido en un país que conoció desde sus orígenes no sólo la dependencia, sino también la esclavitud, desde finales del siglo XVIII el cubano nunca ha podido dejar de plantearse el problema de la liberación si no es en su sentido más fundamental: liberar no al esclavo, sino al ser humano. Destruir la enajenación, no el grillete. Devolver su artisticidad al trabajo y su dignidad al Hombre.

En la obra de Rubén uno encuentra este afán fundamentalmente humano de liberación. La isla es su símbolo. En este sentido, para liberarse hay que a-isla-rse, lo cual no implica, sin embargo, ni recluirse ni distanciarse, sino asumir cada uno la cualidad ontológica de isla, asimilarse al arquetipo insular.

Como lo fue para Baizhang (1) la montaña, para Rubén es la isla el cronotopo de superación de las dualidades en el aquí y el ahora. La isla, con su intencionalidad horizontal, induce a la búsqueda del sí mismo en el paisaje inmediato y en el Otro. Desde esta perspectiva, no puede dejar de ser a su vez un espacio de ejercicio de la responsabilidad propia con respecto al entorno natural, social y cultural en su más amplio alcance. Y para que cada cual gobierne su propia ínsula no importa que sea un simple escudero.

Pero una isla es también la cima de una montaña hundida. La emergencia de la conciencia que nace de sí misma tras escapar al abismo de la conciencia inconsciente, al hipnótico encanto de una Atlántida luminosa que duerme bajo las aguas…

Cada palabra es, a su manera, una isla; cada ensayo, un archipiélago; cada libro, un continente… Ante una obra como esta, uno no puede dejar de sentir con pena lo limitada que resulta la geografía de su prosa, ni resistirse a la corriente que lo arrastra a abandonar el islote de sus carencias, a aventurarse en su barquito de papel tras el crepuscular horizonte de su rubor, para explorar otros contextos y aproximarse, en la medida de sus fuerzas, al borde último en que la palabra exhausta se precipita en cascada de imágenes:

Al límite.

El agua impregna el papel

La tinta fluye en el agua

La idea emerge en la tinta

La tinta forma un paisaje

Del paisaje nace la isla

Como un manojo de tierra

Como un puñado de ideas

La tierra se vuelve arena

Arena extinta en el mar

El mar libera la idea.


 

1. Baizhang Huaihai [百丈懐海](720-814). Véase: Biyan Lu (『碧巌録』・第26則).

 

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