René Rodríguez

Ideología óptica

Por Héctor Antón

La pintura abstracta cubana es homogénea, autocomplaciente y friturera. Viene a constituir un elenco “arbitrario” y “disperso” de artífices, que se aman-odian por el hecho de no marcar territorio unos de otros. Hay excepciones, claro, y por momentos reconforta deleitarse con las texturas ruinosas de un Rigoberto Mena.

René Rodríguez no es un pintor abstracto más, ni un minimalista menos, aunque guste de combinar variantes cercanas-distantes en sus maniobras formales-conceptuales. Más bien se trata de un outsider de la academia y la calle, al concientizar una sospecha: “el arte no se enseña”.

Fiel al legado de los Barnett Newman, Ad Reinhardt, Brice Marden o Ellsworth Kelly, René Rodríguez persigue rescatar al contenido, último reducto casi inexistente en propuestas abstractas-minimalistas, aferradas al dogma de la “no-lectura” en clave de subjetividad textual.

Un precursor nuestro de esta línea, reacio al virtuosismo de la pincelada ha sido Flavio Garciandía, profesor sin cátedra o maestro sin Premio Nacional de Artes Plásticas por residir en Ciudad de México; un hombre-arte decidido a espantar el mote “estúpido como un pintor”, acuñado por Marcel Duchamp. Flavio invierte más tiempo en pensar un cuadro antes que pintar un lienzo. Un hábito que lo aparta de los artesanos que se empeñan y obstinan tratando de matizar cielo, mar y tierra.

La referencia que iluminó el rumbo estratégico de René fue un artista cubano que absorbió el pop de Andy Warhol y Roy Lichtenstein, para quedarse en su Isla estremecida por la irrupción triunfal de los barbudos. Lo que no previó el joven Raúl Martínez acabó en un trauma colectivo paralizante: el discurso ideo-estético de la Revolución Cubana emprendió un proceso de radicalización (¿socialista?), hasta demonizar cuanto provenía del “norte revuelto y brutal”. 

El fantasma del diversionismo ideológico recorrería el archipiélago, surgiendo títulos heredados del productivismo ruso: Estudio, trabajo, fusil (1973), de Nélida López; Macheteros (1975) e Imágenes de Angola Victoriosa (1976), de Roberto Fabelo. El plató estaba listo para rodar escenas de aquella “generación de la esperanza cierta”. El panfleto y su complejo de utopía sería el arte de una época heroica.

Raúl Martínez transformó la cortina de hierro justificada por la guerra fría en recurso del método. De ello se encargó el despliegue de un “pop revolucionario”, donde los casi expresionistas retratos patrióticos le otorgaban a la “serialidad pasional” una carismática ironía estética. 

El contenido de las “telas herméticas” mostrado por René Rodríguez deviene tan sutil como los ambiguos o caricaturescos homenajes de Raúl Martínez a los héroes de la épica insular. Por esta senda, la manipulación reside en congregar sobre la superficie pictórica un repertorio de uniformes, medallas, condecoraciones e, incluso, los colores de nuestra enseña nacional. 

Transformados en abstracción geométrica, los colores racionados del folclor ideológico representan la vida abstracta de los cubanos en apariencia y concreta en esencia. Sin embargo, estos gozan de un estatus regido por la disciplina de un diseño atractivo para una mayoría. También los isleños mudan de uniforme como si se cambiaran de zapatos, para cometer fechorías o simular obediencia.

De esta forma, interactúa el colorido de asfixiantes vestiduras militares y relajantes tiendas shopping de matices pluricromáticos. No olvidemos que del pop consumista global al minimalismo de estado local no hay más que un paso. Repetición y represión riman sin dañar los tímpanos.

La dieta cromática sugerida por este “anti-pintor” de barras y cuadrículas se inspira en los ocho colores estipulados para diseñar condecoraciones. Por lo que el ahorro y la escasez abandonan los predios de la sobrevida tercermundista, para instalarse en el ámbito de modalidades elitistas como la abstracción pospictórica o el posminimalismo perverso. Como si deseara revertir el control en goce visual.

“El pueblo uniformado” es un lema que engrosó la tradición bélica de la Revolución Cubana. René Rodríguez da la impresión de querer satirizar o parodiar esta consigna. Su gestualidad consiste en apropiar o estirar el uso de unos o varios colores, para imprimirle una belleza minimal al kitsch masivo del eslogan. Una lectura posible sería estetizar la política como alternativa de subterfugio ilusionista. 

Quizás un goloso como René Rodríguez nunca haya sentido ruidos en el estómago, ni ganas de tirarse al agua en un artefacto para buscar otra vida. Aunque dichas contingencias lo rocen o finja padecerlas desde afuera. Motivo para que esos recortes de verde olivo y rojo involucrados en el glamour fantasioso, denoten la presencia de un imaginario donde se trueca la esencia sucia por una apariencia cult.   

El ademán esteticista de un artista autodidacta aborda un contrapunto entre fe y esperanza. Es decir, la fe como grado cero de la duda y esa ilusión como juego de las “cosas que vendrán” o no. Algo traducido en la boutade de equiparar el porvenir de la ética con el deleite retiniano de un work in progress en tiempo real.

Abstracción geométrica y abstracción política son las dos caras de una moneda. Anverso y reverso de la historia reescrita o pintada por entusiastas, fermentados, voluntariosos. Dualidad lista para borrar las fronteras entre medio y finalidad. Así, el “hombre nuevo” resucitaría en un “viejo cuadro”, meticulosamente restaurado. 

Revista arte cuba
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