ÓSCAR AGUIRRE

Los escudos del tiempo

Por Meíra Marrero

Han existido, en los últimos tiempos, criterios bien encontrados sobre si la escultura ha jugado el mismo rol de vanguardia que la pintura. Lo cierto es que no han tenido, ni una ni otra, durante la década anterior y la que cursa, una fórmula específica para el éxito de sus propuestas. Sin embargo, como un as de ases, el triunfo estuvo, a veces, en la incongruencia de formas y conceptos, en otras, por la sui generis apropiación de las tendencias internacionales y, casi siempre, por la conjugación de ambos aspectos.

Al enfrentarnos al sello personal de la producción artística de Oscar Aguirre Comendador, hallamos un lenguaje formal con visible influencia minimal en su factura, que no se divorcia para nada de un código conceptual eminentemente cubano. En sus escudos de tiempo corre sin cesar la vida, sin fecha ni edad exacta o detenida. Para ello utiliza los más disímiles elementos que puedan provocar toda suerte de asociaciones. Desde los más “simples” y universales como pueden ser el rayo, la almena, la flecha y la manzana hasta aquellos muchos más específicos como son la asunción de los héroes, de los símbolos patrios y alusiones históricas variadas. Estos últimos, una vez extraídos de su tiempo y espacio original, adquieren un significado nuevo de diferente connotación; son (re)semantizados y (re)contextualizados en función de un mensaje que apela a la (re)valorización consciente de códigos históricos, sociales y políticos comunes al artista y al receptor.

Aún cuando la recepción de los llamados materiales pobres fluctúa, es la madera, en todas sus obras, el material por excelencia. Es vital su conjugación con diferentes tipos de metales, cerámica y cartones, entre otros. Así conforma volúmenes estrictamente ordenados en altos y bajos relieves de vigorosa impresión. En algunos elementos utiliza el color de modo simbólico para hacer más enfático determinado ángulo del “juego a los mensajes”. Una absoluta precisión rige el tratamiento formal y conceptual de su producción. Ella denota una estructura creativa preconcebida sin lugar para la improvisación, con un riguroso estilo analítico y un elevado nivel de madurez filosófico y estética. El sutil trabajo del metatexto, la denuncia encarecida a esa arraigada dualidad de imagen y coraza, la formulación de códigos artísticos, estéticos, humanos y filosóficos que rompan los límites históricos y las fronteras geográficas establecidas, arbitrariamente o no, son de cualquier modo lecturas primarias de estas piezas.

Tras las imágenes que observamos otras conviven, aquellas que en el anonimato apellide quien las descubre. Ese lenguaje es válido y Aguirre bien lo sabe. Es por eso que delante de sus escudos es como si un fluir de sensaciones, en medio de la soledad que enmarca la mudez de la autoreflexiòn, estableciera una cofradía artista-espectador. Al final todo queda dicho y demostrado sin límites geográficos, fronteras históricas o escudos del tiempo.