Ofill Echevarría

Del laberinto al vértigo

Por Ricardo Alberto Pérez  

El escenario de la urbe se fermenta sin límites, dentro de este drama rizomático el arte se involucra, opina, crea metáforas capaces de representar procesos y escenas de esa vida que se lleva en conjunto. De esta manera aparecen poéticas que en sí contienen el don de dinamitar para más tarde recuperar desde la imagen la notable sabiduría que se obtiene a partir de la brecha provocada; en esa tendencia se posiciona la obra de Ofill Echevarría (La Habana, 1972), quien trae entre sus principales marcas un gesto radical permeado de una historia que viene de la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando como miembro del mítico grupo Arte Calle ya experimentaba las problemáticas citadinas como una prolongación de su propio cuerpo.

Desde su llegada a México en 1992, hasta el presente que reside Nueva York, las mutaciones en el trabajo de Echevarría exhiben una coherencia contundente, que va  transformando el instinto espontáneo en una especie de ascenso espiritual y a la vez formal, algo así como que la inquietud creativa prevalezca por encima de signos locales y en cierta medida efímeros, para enrolarse en una trascendencia vinculada al destino de las cosas tal y como son, sin que estas tengan que hallarse sometidas constantemente a valoraciones de tipo ético o moralista. Eso le da a este arte una frescura particular, un aliento profundamente cosmopolita, y un ritmo bien apegado a cada una de las pulsiones que se despliegan en los tiempos que corren.   

Su obra alcanza una dinámica en la que lenguajes como la fotografía, el video, y la pintura instauran un microcosmo capaz de resolver un número admirable de operaciones simbólicas. El espectador hábil, interesado en profundizar en sus contenidos encontrará la magia de un equilibrio que no niega la intensidad, que por el contrario la alimenta desde una perspectiva que interpreta la forma como el punto de llegada de un viaje a través de múltiples laberintos en el que no ha faltado en una y otra ocasión el mencionado vértigo, así como el azote siempre catalizador de lo onírico. 

En estas piezas se percibe una movilidad extra, eventos que se abocan al remolino y sobreviven en una orgánica belleza de la distorsión. Mirando de más he llegado a sentir que el artista piensa que si el ojo soporta sin rendirse, o sin ser comido por el tedio ahí está el consumidor pensado (o calculado). El que mueve emoción e idea con la coordinación imprescindible para que su embarcación no naufrague o quede rezagada ante las exigencias de un show; sin dudas el show de siempre, aquel que en sus inicios también involucraba al cuerpo del creador (y otros ingredientes de la cultura pop), y ahora explota la depuración de sus narrativas transformadas en amalgamas de eficiente plasticidad. 

Más que hablar de virtual o concreto, sus pinturas, fotografías y videos me conducen a una confortable ambigüedad, producto de una mente que realiza cada operación con exactitud sin apartase del rumor de la memoria, de ese mundo muy particular y a veces íntimo en el que ha decido moverse, donde las influencias llegan rigurosamente filtradas por una vocación que impone límites y elige alejada de las normas y los modismos. 

Esta es una sensibilidad muy pendiente de la evolución, en la que con virtud logra emplazar lo que me gustaría llamar un lirismo de nuevo tipo, tejidos que de alguna manera reconstruyen los nexos poéticos, a la luz de la incesante aceleración de la velocidad, elemento este que parece estar provocando cada una de sus acciones.

Dentro de toda su búsqueda de los últimos años, también se puede decir que Ofill Echevarría nos obsequia lo urbano en dos dimensiones, la primera con mayor protagonismo en una serie como Moonbeams, compuesta por pinturas al óleo (esencialmente de gran formato), que viene realizando desde el 2013 y queda vinculada a una narración sobre el trasiego, la supervivencia, los status, el roce, y las infinitas maneras del intercambio que dejó la broma de lo postmoderno. 

La segunda dimensión resulta mejor ilustrada por la serie The Real World, que aborda edificios de oficina, la cuestión del espacio laboral, interiores con diferentes matices, donde resulta brillante el rejuego entre la luz y la penumbra, por el efecto visual, y por las sensaciones que produce; a estos espacios logramos acceder con la frustración del voyeur que lo muerde una curiosidad y no la logra saciar de manera rotunda. 

En definitiva el mensaje más puntual de toda esta trayectoria, en la que hay que mencionar una serie de videos capaces de aportar elementos muy valiosos (Double Body Day, Looking For Abstraction, Modermundo) para disfrutar con total plenitud el resto de su creación, es aprender a contemplar sin melodrama el jaque continuo que el propio desarrollo le plantea a la identidad; aunque de pronto de uno de sus lienzos sobresalga una cartera roja (Red Bag) para decirnos: “este individuo existe”.

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