Octavio Irving

El sueño de la razón

Por Maikel José Rodríguez Calviño

«La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles: unida con ella, es madre de las artes y origen de las maravillas».

Francisco de Goya y Lucientes

El sueño de la razón produce monstruos ocupa el puesto 43 entre Los Caprichos de Goya publicados en 1799. El protagonista de este inquietante aguafuerte es el propio grabador, quien aparece inclinado sobre una mesa de trabajo. Al parecer, duerme profundamente. A sus espaldas, de la oscuridad, brotan seres esperpénticos: murciélagos, búhos, gatos… Uno de ellos le alcanza los útiles para dibujar, indicando claramente la onírica procedencia de las obsesiones que rondan al artista. Así, la lógica y el raciocinio impuestos por la ecuación matemática, la palabra escrita y la perspectiva euclidiana, ceden paso al desequilibrio y el caos generados por el inconsciente.

Con El sueño de la razón…, Goya se anticipaba en casi cien años al surgimiento del psicoanálisis, fundado por Sigmund Freud hacia 1896, y más de un siglo al nacimiento del surrealismo, cuyo primer Manifiesto, escrito por André Bretón, vio la luz en 1924. Más horrores y alucinaciones llegarían de la mano de René Magritte, Giorgio de Chirico, Joan Miró, Jean Arp y Salvador Dalí, pero ya el genial español los había intuido y reflejado en el mencionado Capricho. 

Lo monstruoso, hijo de lo imposible y lo descabellado, conforma la otra cara de lo consciente y lo racional, del orden y de la armonía. Las pulsiones de la vida cotidiana son encapsuladas y encerradas en el inconsciente, cuyas porosas fronteras les permite brotar y manifestarse mientras dormimos. Entonces, nacen los sueños, hábitat de mil y un seres productos del descontrol y de la anarquía. Algo similar ocurre en el laberinto subjetivo del dibujante, pintor y grabador Octavio Irving Hernández (Villa Clara, 1978), cuyos más recientes trabajos nos remiten a una cohorte de criaturas estrafalarias, grotescas, alucinantes, que mucho deben a los procedimientos y los presupuestos estéticos de los surrealistas, si bien, a lo largo de su fructífera carrera, este prometedor artista ha desarrollado un lenguaje propio tan sugerente como interesante.

Octavio es ampliamente reconocido como grabador. Domina con igual pericia la calcografía, la litografía y la collagrafía, que ha vinculado con la escultura, la instalación y el enviroment. Entre sus principales series se encuentran Objetos de mis manías (2004), Persistencia de la forma (2006), La memoria agregada (2009), Arquitectura emergente (2012) y Síntomas de la permanencia (2013). En ellas, barcos, maquinarias, edificios y espacios citadinos trasmutados, corroídos, solitarios e inmóviles devienen símbolos de la desidia y la tristeza desgranadas por el ser humano a su alrededor, de los misterios que nos habitan y obsesionan, del eterno retorno y de las pérdidas cotidianas. 

No obstante, durante los últimos años, Octavio ha prestado particular atención a una extensa serie, titulada Figuraciones, que nos sumerge en las profundidades de su inconsciente. El dibujo, poderoso y expresivo, constituye la base de estas creaciones. Asimismo, el algoritmo de trabajo, febril e indetenible, juega un papel fundamental, pues le permite al creador desactivar los mecanismos que suprimen sus pulsiones y, mediante el gesto automático, ofrecer la oportunidad de manifestarse a los vástagos de la alucinación y el desacato. 

Así van apoderándose de cartulinas y lienzos un conjunto de rechonchos conejos, testas perrunas, aves de pico ganchudo, cuerpos decadentes, rostros humanos trastocados en caras de animales, seres terribles que despiertan compasión y nos miran a los ojos mientras se derriten en completo silencio… Prima en esta zoología flaubertiana el horror y la melancolía, el interés de un artista por explorar sus miedos más profundos y secretos, la cósmica soledad del dios sin trono y la supurante decadencia del mortal deshumanizado. El resultado es inquietante y estremecedor. De repente, bajo el maremagno de trazos aparentemente inconexos, vemos emerger un par de ojos luminosos que nos contemplan fijamente, que nos inquieren y desnudan por dentro, o la piedra litográfica transfiere al blanco pliego una suerte de muñeca deforme que malvive su atrofiada inocencia sobre una medialuna invertida, o el lienzo se cubre de osos de peluche y muñecos de nieve, aparentemente pueriles, que a la menor oportunidad torcerán las bocas en una mueca irrespetuosa, voltearán los ojos en blanco, mostrarán lenguas y colmillos.

Con Figuraciones, Octavio Irving continúa abordando varios de los temas que le preocupan y han definido su trayectoria artística. Considero esta serie un paso de avance en el lógico desarrollo de un creador nato, visceral, capaz de alcanzar en cada nueva propuesta niveles superiores de madurez y creatividad. Él, como el protagonista del Capricho 43 y los grandes surrealistas, se abandona a las brumas del sueño y espera, paciente, a la manifestación de lo pavoroso, del espanto y de la maravilla, para luego encerrarlos en grabados, pinturas, dibujos y bocetos que van conformando su particular universo iconográfico.

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