MICHEL PÉREZ “POLLO”

Si te dicen que te quiero. (Eso no lo dije yo)

Por Andrés Isaac Santana

Resulta ya un lugar común advertir del interés que ha revestido para la producción estética contemporánea el universo infantil y sus elementos o símbolos más característicos. De este interés por los trayectos del imaginario infantil, deviene un cuerpo mayúsculo de obras que permitirían trazar una fecunda y profusa cartografía de actuación capaz de informar acerca de la presencia de lo infantil en el arte contemporáneo. Basándose en esa idea, se han sucedido infinidad de proyectos que buscan documentar la presencia del niño en el arte en cuanto tema susceptible a múltiples variantes interpretativas y de representación, ignorando muchas veces una tendencia acaso más atractiva que es la que se ocupa de revelar, no la presencia en sí, sino el uso de ese imaginario y su carácter paródico en el estructura misma de las obras, es decir, su potencial discursivo, sus derivaciones conceptuales y sus implicaciones culturales.

En este sentido podríamos plantear entonces un grupo de preguntas en calidad de premisas o punto de partida, a las que estas piezas y sus nexos con el discurso de la cultura, intentarían responder. ¿Quiénes son, verdaderamente, los adultos? ¿En qué modelos se asienta su ideología? ¿Cuáles son sus credos, sus más caros anhelos, sus sistemas axiológicos al uso? ¿Lo adulto es consecuencia avanzada de la niñez o, por el contrario, es deudora  permanente de la primera, subsidiaria de ella? ¿Acaso se trata de un modelo del comportamiento social que basa su escritura en la colonización de la libre subjetividad y en el endeudamiento feroz de la razón? ¿Es el antagonismo a la ingenuidad y la plusvalía de los paradigmas de racionalidad más rectos, los vectores u horizontes de cumplimiento en los que satisfacer ese rancio esquema del deber ser por sobre la vehemencia del ser mismo? ¿Qué hace segregar, en un acto de exclusión siniestro, esa cualidad avasalladora del polimorfo perverso respecto del principio de realidad endogámico que justifica la actuación de los llamados adultos?

A tenor de estas digresiones interrogativas he de advertir que muchas de las piezas de Michel Pérez (Pollo), sustentan en su horizonte enfático un cuerpo de ideas cuyas dimensiones no se resisten ni se agotan en los procesos de re-semantización estética del universo infantil y sus atributos más externos, sino que amplifica sus relatos y su plataforma axiológica en los escenarios de una crítica ¿revisionista? de cierta perspectiva adulta, demasiado aferrada a los preceptos de un racionalismo extremo que se escuda en la claudicación deshonesta de los afectos. Muchas de sus obras enmascaran la acidez de sus planteamientos en medio de una nobleza cromática que se convierte en trampa para la recepción más mediocre. Esa que celebra el color como sinónimo de alegría o rinde culto a lo abyecto como asidero de transgresión. Nada hay de ingenuo en estas piezas. Por el contrario, abunda la insinuación pervertida, el grito sordo, la ansiedad sin límite, el desespero ante algo que un día se nos propuso como modelo y que hoy resulta el ataúd de toda libertad posible. Las obras son convertidas en textos, en narraciones que se tejen entre la ilusión de libertad y el principio de una realidad que se levanta como un muro, que se hace bofetada de la conciencia, escarnio del decoro, mueca de la sonrisa plena.

En virtud de estas conjeturas puede entonces que el interés mayor de estas obras no resida en ellas mismas, sino en el modo cómo éstas se relacionan e interrogan el sistema cultural que les circunda y que sirve de escenario a su proliferación de encadenadas alegorías. Se trata, por tanto, de imágenes (no importan demasiado el orden morfológico de las mismas), que logran penetrar en el inconsciente colectivo con gran profundidad al tiempo mismo que con gran simpleza narrativa. Puede que en algunos casos estas imágenes nos planteen una vuelta al pasado, asociada a cierta actitud lúdica muy propia entre los niños; sin embargo no es esa mirada retrospectiva (real o ficticia) lo que más importa en el caso de una obra como la que aquí se observa. Lo verdaderamente interesante es el modo cómo esos enunciados apuntan al orden e ideología orquestada por el mundo adulto, consiguiendo (des)esquematizar y (des)jerarquizar los sistemas ortodoxos de la razón y del comportamiento socialmente aceptado dentro de los esquemas operantes.

Creo que es ahí, y no donde algunos pretenden advertirlo, donde radica su destreza como artista, ya no como pintor, en la medida en que es capaz de disponer de un discurso en apariencia ingenuo para relatar el drama de una cultura y de una condición política que halla en la inmadurez de las formas su peregrinación más absurda. Acaso resulta accidental el hecho de que los sistemas autoritarios engendren la esclerosis de su propia ideología como resultado de su deterioro existencial. En modo alguno ello resulta un accidente del sistema mismo, sino una consecuencia sociológica que halla en el terreno de la especulación artística su contraparte y en el de la infancia su más anhelada caricatura.

Ello explica, en parte, es sensibilidad de la que participa la obra de el Pollo cuando sus divagaciones morfológicas y especulaciones con la paleta no desatienden jamás las repercusiones éticas, sociológicas y propiamente estéticas que resultan de su diálogo con los perfiles culturales más inmediatos. Su trayecto de polimorfo perverso queda como huella de un momento dentro del arte cubano que ya no agota sus recursos en la fragua el martirio o la contestación brabucona, sino en el deseo de hacer el arte mismo.

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