María Karla Watson

La pintura como antojo

Por Dayneris Brito

«No de otra esencia se nutre la experiencia estética del hombre, como no sea de la indagación responsable en sus eternos problemas».

Rufo Caballero

Hay algo en la pintura más temprana de María Karla Watson (La Habana, 1991) que me traslada a la fotografía nihilista de la artista francesa Sophie Calle, respetando las nociones obvias de formatos, contextos y temporalidades diferentes. Calle dirige su estética hacia la narración de historias personales que contemplan desde los trágicos sucesos dados por la inexperiencia de su juventud, hasta los disímiles fracasos amorosos acontecidos durante el transcurso de su vida. Para ello, soslaya el referente humano en la imagen analógica y se desplaza más bien hacia el registro de variados objetos presentes en el momento de la ruptura (un teléfono, una almohada, un boleto de avión), sobre los cuales descansa el sufrimiento y la desdicha auto-referenciados por la artista. 

En la serie Back to school (2006-2015), María Karla Watson explora en los límites del dibujo y el collage para cedernos una pintura que pondera el lenguaje figurado, en detrimento de una manifestación naturalista más apegada a la realidad. Sus inquietudes y frustraciones impúberes constituyen el pretexto para develar planos grotescos y manieristas, desplazándose incipientemente hacia el graffitti y el art brut. Pero así como en la obra de su homóloga francesa, prescinde del modelo figurativo y se abraza a los más diversos motivos pictóricos, alegóricos a lastres e incomprensiones de su adolescencia. 

Todo y cuanto aquí es representado, tributa a hilvanar pequeñas subtramas de esta etapa de su vida: flores, fotos viejas, fragmentos de cartas rotas; cual páginas traspapeladas de un diario. Así, mezcla azarosamente los colores, estruja el papel, superpone los formatos, añade tipografias variadas y recrea mediante abigarrados collages, composiciones iconoclastas que rehusan todo oficio y noción técnica. Es por ello que su estética se debate en los predios de la más clara pintura pueril, con tintes de arte kitsch a ratos. 

La auto-referecialidad, como zona de enunciación propia en la que la artista se encuentra a sí misma como sujeto de expresión en la obra, deviene otro motivo inducido en Back to school. Las piezas aquí contenidas son transversalizadas por rasgos humanoides (cabezas, manos, dorsos) y frases de disímiles naturalezas que remiten a subjetividades íntimas en María Karla. Pero más allá de apropiarse de experiencias vivenciales y sugerirlas en tono frívolo y baladí, forma y concepto dialogan en la obra con la noción misma de arte e intuyen una manera otra de asumirlo, poniendo en crisis el valor de lo nuevo u original. De ahí que transgreda la estructura orgánica de la pieza y preconice rubros como: «Para mí un dossier es algo cheo y feo pero qué remedio…, o descubrí los punticos estos que me gustaron». Es por esto que el gesto expresionista se erige en Procesos desde la inconformidad artística, la experimentación constante y el desgarramiento de los métodos tradicionales, al punto de llegar en esta primera etapa a bocetos que no incurren en la fórmula mimética, sino en su signo esquizoide. 

De sus collages arriba a una nueva estética neofigurativa que produce un salto temático-conceptual en su devenir pictórico. De manera gradual, incursiona en la representación paisajística pero una vez más somete el referente directo a la primacía de la mirada impresionista y subjetiva. Son escenas cálidas que aparentemente se antojan descontextualizadas, fuera de alcance a cualquier anclaje espacio-temporal. Sin embargo, sale a relucir nuevamente el acento auto-referencial en su obra; ya no desde la postura cuestionadora, concerniente a vestigios personales de la autora, sino desde la representación romántica de vistas que denotan en pequeñas porciones sus estadíos emocionales y espirituales.  

La vuelta al oficio confluye, luego de experimentar algún tiempo con el género tradicional, en su última serie titulada Niebla (2017-2018), mediante la cual se produce un giro oblicuo de su estética precedente rompiendo la cabalidad con los temas y soportes hasta ahora privilegiados por la artista. En lugar del gesto deshecho, la exasperación y el coqueteo formal, se encauza hacia el sosiego y la quietud de paisajes fríos e ilusoriamente inexpresivos, apoyados en los tonos blancos y la recreación de volúmenes matéricos. En tanto simulan escenas impasibles, carentes de sentido y vehemencia, se reactiva un juego evidente entre el espectador y la obra, entre lo que vemos y lo que sentimos. En este caso, la soledad, la incomunicación y el aislamiento humano, despuntan como los resortes discursivos a los que acogerse.

Aunque con claros deslizamientos técnicos y conceptuales, la obra de María Karla Watson oscila entre una zona de confort y otra. Su estética, autobiográfica por excelencia, determina la persistencia de un género, un sexo, con vicisitudes y melodramas propios. Solo que para eso le basta el método bidimensional; la huella dejada a través de la inmortalidad del lienzo y el constante jugueteo con este (su apego y luego su revestimiento).

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