Luis Enrique Milán

Herético e iconoclasta

Por Maikel José Rodríguez Calviño

«Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado… ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar?»

Friedrich Nietzsche

Lo imagino protagonizando una revuelta entre iconódulos e iconoclastas en el Bizancio de los siglos VIII o IX. De haber vivido durante la Edad Media, la hoguera hubiese sido su destino final. Hoy, trueca crismones y sambenitos por arcilla, metales y resinas en pos de una obra escultórica que trasciende dogmas, cánones y programas iconográficos aparentemente inamovibles para reflejar las enfermedades que sufre la espiritualidad humana. 

Egresado de la Escuela de Artes Plásticas Raúl Corrales en 2008, y graduado en Arquitectura por la Universidad de Camagüey, Luis E. Milán Boza (Ciego de Ávila, 1990) hizo entrada en el panorama visual cubano tras obtener el Primer Premio durante la cuarta edición del Salón de Arte Contemporáneo Post-it. Además, ha resultado merecedor de la Beca de Creación Juan Francisco Elso 2017. No obstante, fue al ver Tarde para no creérselo, el conjunto de esculturas galardonadas en Post-it 4, que comprendí tener frente a mí un artista que debíamos seguir bien de cerca.

Herejía e iconoclastia: he aquí dos términos cuyas acepciones más benévolas pudieran aplicarse fácilmente a la producción visual de Milán, quien parte de lo religioso para deconstruir sus principios y prerrogativas al manipular programas iconográficos que hoy pertenecen a la Historia del arte y, por consiguiente, de la humanidad. En la serie mencionada, el artista se apropia de representaciones escultóricas procedentes de los acervos simbólicos inherentes al budismo y los panteones heleno y afrocubano, que luego recrea mediante una depurada técnica basada en la cerámica. 

Hasta ahí, todo bajo control. La irreverencia ocurre cuando un simple detalle del programa iconográfico escogido comienza a reproducirse sin control, hasta el punto de invadir toda la figura. Así, un mechón de los cabellos o la barba de Zeus, un cauri de Elegguá, un rayo del nimbo radiado de Cristo o un rizo de Buda terminan apoderándose de toda la imagen, deformándola, destruyéndola, despojándola de su sentido y función originales. 

Esta absurda proliferación no recuerda la descontrolada manera en que las células comienzan a reproducirse formando una anomalía, un tumor, invocando el cáncer. Si comparamos los dogmas de un sistema religioso con un programa de computación cuyos algoritmos se repiten una y otra vez, los pérfidos detalles en las esculturas de Milán equivalen a un error de programación, a una incorrecta aplicación del dogma que conlleva al surgimiento de un virus, de una epidemia, a la irreverencia y al sacrilegio. He aquí la esencia de la poética desarrollada hasta el momento por este joven creador; poética contestataria y crítica donde la manipulación de un sencillo elemento nos devela múltiples horizontes interpretativos que discursan sobre agnosticismo e irreligión, pérdida de la fe, crisis espirituales, desacralización de las zonas sagradas, ateísmo débil y ateísmo positivo, la excesiva comercialización de reliquias e íconos y las consecuencias del fundamentalismo religioso.

Otra pieza de Milán es Lección perdida, se trata de una imagen sedente de Buda, quien aparece de espaldas, acomodado sobre un pedestal. Cuando el espectador la rodea, descubre al protagonista de la obra realizando una higa, señal obscena que implica alzar el dedo del medio por encima de los otros recogidos sobre la palma de la mano. Ya en tiempos de Aristófanes se empleaba dicho gesto para expresar inconformidad; ahora, Milán lo suma a las mudras que adoptan las manos de Buda en sus múltiples representaciones, rechazando así, mediante la consagración del exceso, de la ira desatada, la búsqueda del Dharma, esencia del sistema ético-filosófico propuesto por Gautama hacia el siglo V a.n.e.

Reitero: ni hogueras ni sambenitos; Luis E. Milán inicia con paso seguro su recorrido por el arte cubano contemporáneo, y ello amerita un aplauso. Ya veremos a qué nuevos predios le conducen sus irreverencias. Mientras, oremos con sospecha y mantengamos bajo estricto control la imagen de aquel santo cuyos lirios han comenzado a desarrollar algunos pétalos de más.