Liesther Amador

Tiempo Muerto

Por Estela Ferrer

Cada lucha implica un sacrificio, un entender a esa entidad ajena a quien se quiere moldear, seducir, atrapar. No era otro el enigma que debían descifrar cada uno de los conquistadores de la antigüedad clásica o los artistas que ansiaban dominar la técnica. En este caso, la búsqueda ya ha dado sus frutos, pero la contienda continúa demandando no pocas veces asumir otra piel, crear puentes de contenido y tiempo con el pasado, merecer la confianza y mantener la más estricta disciplina.

Liesther Amador (Ciego de Ávila, 1983) apuesta por una operatoria donde lo territorial y la territorialidad poseen el mayor protagonismo. Ambos conceptos guían su mirada hacia el espacio físico, pero también incluye las relaciones sociales que tienen lugar en su interior, así como las complejidades que traen consigo las transformaciones económicas. Dicha línea discursiva propicia y exige que ya sea desde los trabajos fotográficos, el land art o lo instalativo siga derroteros donde memoria e identidad sean también pares vitales de su poética al hacerse indiscutible la supervivencia de lo pasado en lo presente. 

El espacio físico, manifestado en monumentos o lugares de interés histórico constituye parte indisoluble de sus creaciones. De ahí que haya registros en el pico Turquino o en múltiples parajes de la geografía nacional. La carga innata a los lugares como depositarios de ceremonias y alianzas políticas sirve de atmósfera a cada uno de los retratados. En otras oportunidades, se dilata el radio de visión y elige escenarios del campo, entonces la cotidianidad provee otros caminos que lo centran más en relatos íntimos, personales. Por tanto, la realidad misma funciona como materia artística, como una suerte de espacio heterotópico donde conviven: las intervenciones del presente con la historia originaria. 

Su serie fotográfica Tiempo Muerto refleja su acercamiento a uno de los temas más polémicos abordados por los especialistas en sociología: la vida en diferentes espacios. El artista los muestra en una forma común: todos aparecen sembrados.

Ya desde el título el artista incita a provocaciones ya que esta frase no es otra que la usada cuando no hay zafra: corte, recolección y procesamiento artesanal o industrial del fruto. Al mismo tiempo, este término que proviene del pasado neocolonial expone el tiempo que existe entre la siembra y cultivo y este otro momento donde como no hay trabajo tampoco salario. 

Pudieran ser interpretados también como: “Performances rituales donde la experiencia y las relaciones entre individuo/grupo/artista se desdibujan en el intercambio, en la cooperación de construir espacios heterotópicos que intentan situar al hombre en reflexiones filosóficas y/o psicológicas sobre su condición”. 1

Tiempo Muerto da continuidad desde la fotografía a la relación entre el individuo y su circunstancia. En otras piezas ha ponderado el artista sitios históricos, héroes, y desde ahí la perennidad de la memoria era puesta entre paréntesis; ahora se focaliza su mirada en ofrecer un testimonio sobre el hombre común.  

En esta serie el discurso de Liesther se hace más incisivo y la metáfora más cruda: la tierra que ofrece el producto también atrapa, estanca y limita. La propia disposición de los cuerpos alineados en medio del surco enuncia la puesta en práctica de un pensamiento artístico, las decisiones para hacer visible el ritual. Todos comparten igual suerte: el ser agradecidos por el alimento que el suelo provee y, al mismo tiempo, víctimas de su circunstancia.

La obra de Liesther Amador, se nutre precisamente de los acontecimientos sociales y los condicionamientos geográficos, haciendo uso de la metáfora como recurso para crear escenas donde los pares espacio/tiempo e individuo/contexto propician lecturas críticas sobre el presente. Su cruzada hasta ahora lo conduce al hogar materno, la ruidosa urbe capitalina y el Turquino; pero como a todo buen cronista aún le restan muchos sitios por recorrer en la tierra dada.

1 Tomado del statement del artista.

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