Lázaro R Falcón

Esbozos de la nostalgia

Por Antonio Correa Iglesias

“¿Qué ancestros hablan en mí? No puedo vivir al mismo tiempo en mi cabeza y en mi cuerpo. Esa es la razón por la que no puedo ser solo una persona. Puedo sentir en mí una infinidad de cosas simultáneamente. El verdadero mal de nuestro tiempo es que ya no quedan grandes maestros”.

Erland Josephson [monólogo final]. Nostalgia, Andrei Tarkovski, 1983

Como Erland Josephson, Lázaro Ramón Falcón atiza su fuego y arde con lentitud ineludible ante la ausencia de grandes maestros. ¿Qué queda después de la negación? ¿Qué queda después del pensamiento crítico? ¿Dónde asirnos? ¿Hay dónde asirse?

Conocí del trabajo de Lázaro R Falcón por eso que José Lezama Lima llamaba el azar concurrente. En ese instante atiné en su obra una codificación y somatización de la experiencia retroprogresiva, esa que Nietzsche llamó el eterno retorno

La obra pictórica de Falcón rememora en mí, una suerte de exploración rupestre hacia el interior de una individualidad extraviada. Altamira vocifera sus rastros simbólicos en los gestos de Falcón, atisbos anticipados de una conciencia pre-lingüística.

A diferencia de cierta pintura cubana, Lázaro Ramón Falcón esquiva todo manierismo pictórico anclado en una tradición y secularidad; una vez que rehúsa toda morfología conciliadora y canónica.

No puede, por más que lo intente –como Narciso– articular la contemplación de si mismo, como otros que se mofan en la neblina de su detritus-obra abofada de legado. La obra de Falcón es una mancha en la estabilidad simbólica de los otros, cortapisa al mundo ordenado de la física y la geometrización de la experiencia. Su irreverencia niega toda referencialidad y tradición. Lo fálico –por ejemplo– es un elemento argumental, y lo es desde la violencia que insinúa, hasta la mórbida alucinación del placer, un placer que se desdibuja en el rostro transado de hedonismo teleológico. La experiencia fálica en Falcón anticipa y rememora el falo-centrismo occidental, contrapunteo que hace evidente el atisbo primario de la conciencia, esa misma que nos segrega de lo animal. Lázaro Ramón Falcón obliga -con su trazo sublimado por el vértigo- a la sorpresa en sus “enlaces visuales”, esbozo de un giro narrativo donde el tiempo se desvanece pues ha sido anulado. Rastrear esta fuerza que corporiza imágenes, es un ejercicio libérrimo de saber, razón genealógica que refuerza un mundo caótico con ontológicas consecuencias.

La nostalgia que destila la obra de Lázaro Ramón Falcón puede conducirnos a una reflexión sobre la unidad primordial donde no existían distinción entre pensamiento y lenguaje, donde las cosas no tenían que ser nombradas para ser llamadas. La angustia patológica de esta “búsqueda” del tiempo perdido, induce a una sensación herrumbrosa donde Falcón ofrece su cuello como San Dionisio de París que decapitado, besaba su cabeza. Es cierto que busca algo que no persigue, también es cierto que la plenitud inquietante y anodina de su obra pictórica pintura espesa- subraya el acertijo que da paso a una visualidad cargada de un sofocante misterio.

Si la intensidad de los tonos rememora la fuerza de lo sanguíneo, los planos “neutros” vienen a reforzar la voluntad expresionista de un creador que tironeando los hilos de una voluntad, ha generado una ínsula espacial desconcertante en su morfología. Falcón ironiza la línea llenándola al extremo de una causalidad pocas veces teleológica.

Aunque el volumen de su obra pictórica esta a buen recaudo en España, sus dibujos en pequeño formato son como los Caprichos de Goya y los Entremeses de Cervantes, pequeñas joyas que se consumen como a la cultura etrusca, a intervalos de silencio. 

Al mismo tiempo, la obra de Falcón nos coloca de plano ante el acertijo del significado. Colin McGinn, quien ha abordado los vínculos del expresionismo, pero sobre todo del expresionismo abstracto y las teorías de los significados 1, reconoce que la búsqueda del significante es en última instancia una decisión humana. Sin embargo, para McGinn en la semántica de cualquier lenguaje, hay un tono inherente, que va más allá de cualquier significado. Si esta búsqueda es una decisión humana, no hay razón para creer que el lenguaje contemporáneo en el arte, o cualquier lenguaje no tenga implícito sus propios códigos, establecidos en el tono del significado. Es precisamente en esta intercepción donde entra la capacidad de análisis e inferencia de quien participa en la construcción semiológica de la obra. Este es quizás el valor más influyente del arte contemporáneo y por extensión, de la obra de Lázaro Ramón Falcón.

Entre estos impulsos –imagino– transcurre una obra que esboza la nostalgia de un tiempo perdido. Su búsqueda gregaria exhuma la osamenta enmohecida y olvidada para dar paso al impulso primario de la consciencia. Como Erland Josephson, Lázaro Ramón Falcón lanza al mundo sus exigencias para con el cinismo de quien se sabe sabio, absorber la perplejidad del otro –quien– descolocado, arde ante sus pies.