Jorge Santos Marcos

Seres en suspensión

Por Antonio Correa Iglesias

“Todos esos corpúsculos de emanación fueron surgiendo de sus escondites”.

Oppiano Licario, José Lezama Lima

Para Roland Barthes “En el orden del saber, para que las cosas sean lo que ellas son, lo que ellas han sido…”, han de ser establecidas desde y en el lenguaje. Incluso R. Barthes llegó a afirmar que no eran los hombres los que hablaban sino el lenguaje el que hablaba a través de ellos. El carácter a-apriorístico de esta consideración puede conducirnos al menos por tres caminos: la distracción lingüística, el solipsismo y finalmente, los artificios retóricos. Sin embargo, en el campo del arte, el manejo lingüístico establecido desde estructuras simbólicas destierra o debe al menos desterrar cualquier bizantinismo estéril, tan abundante en una sociedad poli-saturada de imágenes ontológicamente vacías.

Lo anterior no es nada más que un pretexto para pensar la obra del pintor cubano Jorge Santos Marcos (La Habana, 1973) a quien descubrí sin intensión previa. 

Santos trabaja con imágenes no previsibles que, por tal, no son cliché en su morfología. Sus seres participan de una ingravidez, ausente de reinos, de morada precisa, transados por la mordaza del silenciamiento. Su obra es un ejercicio de percepción corporal, monólogo sesgado por el vértigo aquilatado que hace mella y deja una herida. Sinuosa es toda la animadversión, la intimidad de ese trazo que es la cuerda del ahorcado en la arqueología del mutismo. Exilio, inxilio, ostracismo perturbador, maquillado en su soledad con una carcajada iridiscente. 

Hay en toda la figuración de Jorge Santos un mundo que esconde otros mundos, antípodas de la sobre-naturaleza, sublimes y transitorios como la propia existencia del tiempo. Sus figuras parecen Ménades 1 traídos del inframundo, donde gozosos reviven el espíritu orgiástico de la memoria, como los “muertos –que en la casa de Mahomed– ríen con nobleza”.

La sensación de vacío, levedad e ingravidez adquiere en el contraste pictórico una fuerza que reproduce los lúgubres espacios del silencio. Son seres suspendidos, desprovistos de una finalidad concluyente. Los tonos flácidos, compulsan el escalofrío que rememora la muerte en tanto sistema desprovisto de complicidades. La línea fangosa que sutura sus bocas niega todo diálogo, rompe el vidrio donde se evaporan las últimas gotas que dan cuenta del deseo. 

La composición de sus lienzos me recuerda mucho el teatro medieval, cuando los personajes de una obra aparecen disgregados en la propia dramaturgia, como si el sentido de lo interruptus lograra calibrar el punto errante donde se coteja lo argumental.

El carácter iconoclasta de sus actantes coloca el magnetismo del retrato y su tradición en el centro de su indagación pictórica. Jorge Santos dialoga con esta secularidad no en un sentido auto-télico, como queriendo validar el brumoso rostro de Galeb sino con todo lo que esta tradición dejó fuera y condenó al sombrío destino de lo que Borges llamara “el imposible espacio del reflejo”. Su iconografía destila una amarga pesadumbre, como quien sostiene en su conciencia una culpa, un dolor profundo, como quien sabe que el retorno no le ha sido asegurado y la vida eterna es una ilusión transitoria. 

Aunque no lo parezca, toda la indagación antropológica en la obra de Jorge Santos “esconde” una profunda religiosidad, rictus de emoción sagrada que ioniza el ya evanescente sentido de la lujuria para dar paso a un hieratismo sacramental que lo impregna todo. 

Los vidriosos ojos de sus personajes añaden un conmovedor detalle a su figuración. Inadvertido pasa todo en una mirada infinita, doblegada por el misterio alucinante de una hoja de yagruma. Ensimismados cargan con una existencia de por si plagadas ya de fantasmas. ¿Qué temores abriga Jorge Santos Marcos para construir una figuración tan lacerante, tan llena de súbitas palpitaciones? 

Al mismo tiempo, el diestro dominio de una técnica genera una ensoñación que se calibra en un paralelismo asimétrico como si de una disgregación se tratase. No hay un centro gravitatorio en la pintura de Santos Marcos, en todo caso hay fuerzas y tensiones que generan un contrapunteo desde cada uno de sus elementos. 

Su pintura desde las más recientes hasta las más consagradas ha logrado hilvanar una consistencia que destierra cualquier atisbo de formalismo; cualquier hallazgo vano. En un terreno sobresaturado por un“arte-político” Jorge Santos apuesta por una indagación genealógica, por una búsqueda que se radicaliza no solo en su visualidad sino también en su exploración cromática.

Y es que no se puede ser escrupuloso en términos de arte contemporáneo; y Jorge Santos lo ha venido demostrando con su trabajo. Nada lo detiene, su obra crece en el ambiente fermentado de su taller y a punta de espátula y paleta le va dando vida a un enjambre de alucinaciones, de espectros, de seres en suspensión que, para llegar a ser lo que una vez fueron, han de ser rememorados desde el lenguaje y la imagen, para quizás así, algún día logren disipar la contagiosa agonía de su existencia.

1 Ménades: espíritus orgiásticos, seguidores de Dionisios. Se agrupan con silenos y sátiros coronados de hojas de vid mientras hacen sonar el crótalo. En su éxtasis místico adquieren una fuerza enorme.

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