HEIDI GARCÍA

Fuego amigo

Por Suset Sánchez

Estamos en guerra, todos contra todos, todos contra uno, y viceversa. Estamos en guerra, uno contra uno, uno contra sí mismo, uno contra nada. Nos hemos acostumbrado a observar, casi con indiferencia, imágenes de una crudeza que deviene obscena, imágenes a través de las cuales se narra que vivimos en una “realidad” dura, conflictiva, injusta. Pero la mayor parte de las veces, esa brutalidad y sus efectos apenas nos tocan de cerca, constituyen un relato sobre un lugar muy, muy, muy lejano. Incluso, cuando lo que vemos posee una apariencia demasiado escandalosa para nuestra sensibilidad, giramos la cabeza, miramos hacia otro lado o entrecerramos los ojos en un intento de distorsionar la imagen, de borrar su definición. Un refrán dice: “ojos que no ven, corazón que no siente”. No obstante, estamos en guerra, seguimos en guerra, vivimos perennemente en guerra. Ese es el paisaje de nuestra hiperrealidad.

Heidi García reconoce que habita este mundo de apariencias y manipulación, por ello su investigación artística le conduce a la construcción de objetos que son iguales de tramposos, cuya envoltura esteticista deviene una coartada para la metáfora cínica, les convierte en artefactos ilusionantes: la belleza porta el signo del desencanto. Desde sus primeros trabajos, cuando pertenecía al Departamento de Intervenciones Públicas (DIP) en el Instituto Superior de Arte (ISA), en La Habana, su poética se ha situado en ese margen difuso, incómodo o complejo que constituye la intersección entre lo público y lo privado. De ello dan cuenta propuestas como El Diario (La Habana, 2002) -la edición y puesta en circulación en la esfera pública de un periódico realizado a partir del contenido del diario íntimo de la artista- o Baño público (8va Bienal de La Habana, 2003) –la construcción y puesta en funcionamiento en la  calle, durante los carnavales de La Habana, de un baño portátil cuyas paredes exteriores eran espejos que reflejaban el paisaje urbano; mientras el interior transparente daba al usuario una sensación de exhibición pública de su propio cuerpo durante un acto en esencia privado-. Más recientemente, la serie Analogías cotidianas (2007), que activa la capacidad significante de cosas domésticas -unas maquinillas de afeitar que recrean posturas sexuales, unas lámparas convertidas en pendientes, etc.-, mostraría el interés de la creadora por la producción de formas y objetos de marcada simplicidad que posicionan sus fotografías e instalaciones escultóricas en un registro conceptual ambivalente. Aquí la paradoja emerge de la tensión de fuerzas opuestas entre apariencia y significado: “…en la seducción es de alguna manera lo manifiesto, el discurso en lo que tiene de más «superficial», lo que se vuelve contra el imperativo profundo (consciente o inconsciente) para anularlo y substituirlo por el encanto y la trampa de las apariencias. Apariencias en absoluto frívolas, sino lugar de un juego y de un estar en juego, de una pasión de desviar –seducir los mismos signos es más importante que la emergencia de cualquier verdad- que la interpretación desdeña y destruye con su búsqueda de un sentido oculto…” (1)

Somos nuestros propios enemigos, nos enfrentamos a nosotros mismos, producimos la imagen de nuestra ilusión cuando tratamos de recomponer nuestra unidad frente a un espejo. No nos conocemos ni a nosotros mismos, habitamos fragmentados, caóticos. Cada instante constituye un potencial estallido, la ruptura de una unidad que es apenas una quimera especular. A cada momento hay que recomponer el puzzle de una identidad que nunca ha existido. Entonces, sin arrepentimiento ni falsos moralismos, entendemos que somos nosotros mismos el enemigo, nuestro enemigo. Reflejos (2012) nos sitúa en la línea de fuego, a la espera del impacto. Fuego amigo.

Wartimes (2012) es, una reflexión sobre la soterrada latencia de la tragedia y nuestra potencial complicidad. Quién puede elegir, cómo y cuándo. Tres relojes. En cada uno de ellos se ha sustituido la arena por un elemento diferente, cada uno separado, inocuos en su aislamiento de cristal. Nitrato de potasio, azufre y carbón, los componentes químicos de la pólvora. Habitamos un mundo colonizado bajo el monopolio del terror, como explica Noam Chomski, éste es “el arma de los ricos” (2), la mejor estrategia del neoliberalismo.


1. Baudrillard, Jean. De la seducción. Cátedra, Madrid, 2000, p. 55.
2. Véase Chomski, Noam. El terror como política exterior de Estados Unidos. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2005.

Fragmentos del texto Fuego Amigo de Suset Sánchez, para la nota de prensa de la exposición personal de Heidi García Alto al Fuego en la raymaluzArtgallery.

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