Ernesto Domecq

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Peace sells, but who´s buying?

Por Carlos Jaime Jiménez

En su excelente novela White Noise, el escritor norteamericano Don DeLillo narra la crisis de una nación ante la amenaza de un desastre biológico, provocado por un escape de gases en unas instalaciones gubernamentales situadas en una zona rural estadounidense. El autor construye un retablo donde confluyen todos los espectros que asolan a una civilización de posguerra, que es básicamente el estado en que ha vivido la humanidad a partir de la segunda mitad del siglo pasado, una situación cuyos efectos, con algunas mutaciones, aún persisten. El miedo a la agresión externa, la histeria colectiva, las expresiones de nacionalismo y sus opuestos, dejan de ser aspectos latentes para convertirse en los nuevos principios que configuran la realidad. Pero, según termina revelándose, el desastre no es más que un espejismo, una ilusión apocalíptica, una causa aleatoria inventada por unos efectos que, inexplicablemente, ya existían.

Este alimentarse de la paranoia, traduciéndola en espectáculo y entretenimiento masivo, desviándola hasta cierto punto de su sentido inicial, caracteriza, quizás más que nunca en las últimas tres décadas, a la sociedad contemporánea. Es también un rasgo conceptual que parece permear profundamente la obra plástica de Ernesto Domecq, artista cubano radicado en Uruguay. Utilizando técnicas que van desde el pastel y el grafito sobre lienzo hasta el modelado en 3D, Domecq hace confluir elementos provenientes de los entornos urbanos y del imaginario bélico, en un juego de simulaciones que resulta a la vez lúdico y analítico. Con frecuencia se vale de la representación fotorrealista de bombas, unidas a retratos de individuos, de los cuales suplantan las cabezas y, por ende, el lugar del rostro, es decir, de la proyección hacia la esfera pública. El efecto de extrañamiento que esto produce, próximo a las estrategias discursivas propias de la caricatura, resulta notorio en piezas como El político, o Foto de familia. Los referentes cubren un amplio espectro, desde la sórdida tensión de las relaciones internacionales desde la Guerra Fría en adelante, hasta la asimilación, por parte de la cultura de masas, de las imágenes asociadas al poderío militar. Se establece así una relación ambigua, donde, por una parte, se deconstruye el probable significado original de dichas imágenes, sin que, por otro lado, dejen de ejercer un efecto de amenaza latente, cuya sutil omnipresencia en el mundo de hoy es aún más opresiva que la propaganda bélica de los años cincuenta a partir de la cual han evolucionado.

A pesar de abordar problemáticas cuyas repercusiones poseen un carácter global, en la obra de Ernesto Domecq no faltan las referencias directas al contexto cubano. Para ello se vale principalmente de la representación de autos norteamericanos o almendrones, reliquias rodantes cuya presencia sempiterna en la vida cotidiana de nuestra isla desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la actualidad los convierte en un símbolo de múltiples facetas. Por una parte, constituyen un recordatorio del pasado republicano, y también, posiblemente, una metáfora acerca de cómo los despojos del mismo subsisten hasta hoy, conservando parte de su sentido original a pesar de cambios y mutaciones. Estos autos antiguos están indisolublemente ligados a los imaginarios sobre la isla, y como tal han sido utilizados por varios artistas, pero Domecq aprovecha dicha dimensión cultural para asociarlos a imágenes relacionadas con la industria bélica, esta vez subordinada, en apariencia, a los requerimientos de lo utilitario, a una futura –y distópica– industria nacional de transporte (Proyecto por una ciudad mejor) o a los dictámenes del discurso ideológico oficial y sus ejercicios de convocatoria popular (Bastión). 

Al igual que en toda obra artística que apele a las estrategias del simulacro, estas piezas constituyen una reflexión sobre el presente, aun cuando aparenten ser recreaciones ficcionales asociadas indistintamente al pasado o a un futuro próximo. La preocupación del artista por el verismo en la representación de los detalles no debe ser considerada únicamente como una muestra de su capacidad técnica, sino como una capa más que se añade a las estrategias de seducción movilizadas –o sugeridas– por las obras. En un texto que es ya antológico, el filósofo francés Jean Baudrillard afirmó que la Guerra del Golfo no había tenido lugar. Con esto quería decir que las manifestaciones físicas de la misma, aun cuando habían resultado terribles, no eran nada en comparación con la manipulación del hecho por parte de los medios de comunicación. Fue convertida en un producto ilusorio, una herramienta para el engaño de las masas, de ahí sus consecuencias a largo plazo en el imaginario colectivo, afectando permanentemente tanto a quienes vivieron la conflagración como a los que no la experimentaron directamente, sino de manera vicaria a través de las pantallas de sus televisores.

Los sujetos y objetos representados por Domecq son esencialmente ilusiones, constructos cuyo sobredimensionamiento irónico por momentos se acerca, de manera alarmante, a una realidad que percibimos cuasi inmediata, aun cuando el contacto con la misma quizás constituya, a su vez, un espejismo al que nos han inducido. El acto de reflexión analítica al que compelen sutilmente estas obras también es susceptible de traducirse en una saludable invitación a cuestionar una realidad cuyas certezas son cada vez más difíciles de distinguir.

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