ELIZABET CERVIÑO

El milagro de la sutileza

Por Chrislie Pérez

La obra de Elizabet Cerviño asume determinados aspectos procedentes del sistema de pensamiento asiático. Pudiéramos determinar cuatro elementos que aparecen como constantes dentro de su producción artística: la relevancia que le adjudica a la sutileza; la presencia de la naturaleza; o más específicamente del paisaje; el vacío como concepto y la síntesis.

La práctica artística, vista como el ciclo que se abre con la creación de la obra y termina con la recepción de esta por el espectador, es asumida desde un punto de vista espiritual y contemplativo. Le concede vital importancia a la experiencia sensorial. Es por eso que sus obras no representan, sino que se basan en la insinuación, de modo que la comunicación que establecen con el espectador es más bien de carácter místico y en este sentido la pieza roza lo religioso. Esta insinuación es obtenida a través de un proceso de síntesis de los postulados constitutivos de la pintura. En Color roto, deconstruye cromáticamente determinados paisajes. El resultado es una abstracción formal y conceptual, aunque no en su sentido más estricto, en la que se (re)crea la imagen original a través de un proceso de síntesis. Las formas existen en tanto tal como resultado del proceso de percepción del espectador, que construye las imágenes siguiendo las mismas leyes de un niño que mira las nubes. El aparente carácter anodino es reafirmado por el título, porque no pretende captar la grandilocuencia de la naturaleza como ha sucedido dentro del género paisaje a lo largo de la historia. Se detiene, como ocurre dentro del pensamiento oriental, en esos aspectos sutiles a los que se llega solo a través de la contemplación. La naturaleza es considerada entidad primigenia y posee un carácter aurático. Independientemente de hacerse presente solo por la evocación, de una u otra forma, todas las piezas están vinculadas con lo natural. Descanso se vale del recurso de la emotividad y alude a un paisaje desértico. Aunque es un performance y desde un pensamiento occidental este debe implicar acción, esta pieza responde en mayor medida a las leyes pictóricas, porque Elizabet no hace otra cosa que yacer, cubierta completamente de polvo rojo, sobre una silla. Más que el hecho en sí mismo, la pieza se regodea en lo visual. Una acción que es contradictoria donde la representación es justamente la no representación.

Esta categoría se hace también manifiesta de manera más evidente en la pieza Trilogía de la niebla. Es una unidad en las que las partes son también el todo. Está conformada por tres piezas que funcionan únicamente en su relación con el resto, ninguna de ellas tiene un estatus de superioridad con respecto a las otras. En ellas utiliza la aguada blanca –un término que en lenguaje pictórico resulta erróneo- para crear una imagen que insiste sobre el hecho de que el acto de observar es diferente al de mirar. Sin embargo, la paradoja radica en que posee una actitud inversa a la que ha motivado siempre a la pintura, que ha sido la representación. Para Elizabet esta pieza viene a ser la representación de la nada o el vacío o la no representación. Esta no representación se obtiene después de una depuración extrema, si se tiene en cuenta que la figura está constituida por la parte del lienzo sin pigmento, o sea, la que está vacía. De modo que el vacío aparece como categoría filosófica y estética. El blanco es utilizado a la manera de negativo fotográfico, donde la figura, son los espacios sin pintar del lienzo. La apariencia formal resultante es la de una bruma donde resulta difícil reconocer las figuras, son imágenes sugeridas, pero cercanas a la de paisajes silueteados y una vez más se hace presente la naturaleza.

Elizabet es una creadora para la que el arte es eminentemente sensorial, emotivo y espiritual. Me atrevería a decir incluso que no hace pintura, performance o fotografía, sino más bien, poesía con imágenes.

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