Douglas Pérez

Se ha puesto duro el mambo

Por Ricardo Alberto Pérez 

«Me revolcaría como sangre frenética sobre la lenta corriente del ojo de las palabras».

                                                                           Aimé Césaire

Dentro del indiscutible resurgir que ha experimentado la Pintura Cubana en lo que va del siglo XXI, existe una poética que ya ocupa un lugar notable entre tanta diversidad y búsqueda. Me refiero a una manera de hacer que gana una buena parte de la batalla creativa en el campo de la investigación underground, atizada por el delirante afán de conocer; se trata del espíritu depredador de Douglas Pérez (Villa Clara, 1972) a partir de cuya digestión se genera un intenso imaginario pictórico capaz de releer con novedad unos cuantos fenómenos que nos incumben.

Su trabajo se despliega y crece a partir de unas pocas series, entre las que sobresalen Vedado, Pictopías, Cuaderno del Quinto Mundo, y Guerra Fría, que son brechas que no se cierran y sobreviven en una especie de atemporalidad, que les hace reaparecer una y otra vez conformando cada una de sus muestras y reafirman la coherencia de su discurso permeado de sugerentes rasgos obsesivos, que contribuyen a la consolidación de eficaces relatos representativos de la vida cubana de diferentes épocas.

Entonces entendemos a dichas series como rizomas, espacios minados por una fuerte subjetividad, lugares para reconstruir el pasado y comentar sobre el presente; apoyándose con mucha frecuencia en el rumor, aquello tan familiar entre nosotros, la popular bola, que cuando echa a rodar se vuelve indetenible y llega a ser tan poderosa como la propia “verdad”. Douglas se siente retado por esos ecos de la cultura popular que le obligan a realizar un riguroso ejercicio de imaginación, con su peculiar ingenio lo emprende, y en gran medida completa en forma de imagen lo sugerido por tantos comentarios colaterales.

Penetra de manera sarcástica  por una especie de agujero o túnel  a través del cual detecta elementos gráficos que serán aliados imprescindibles de cada uno de sus constructos. Algunos de estos elementos se inscriben dentro de la época que abordan los cuadros, otros son atrevidamente extrapolados de un tiempo a otro distante, logrando un ambiente de ruptura, y en algunos casos una atmósfera surreal prodiga en expresar conceptos y seducir al espectador desde el encanto de la buena parodia.

En esa erudición triturada por la fuerza de la ironía también tienen una presencia palpable las influencias de la palabra escrita, tanto en la prosa como en el verso. Sobre todo letra que problematiza, que viene por un lado de la novela distópica (Zamiatin, Huxley, Orwell ) y por otro de la poesía expresada en su más alto grado de autenticidad, que araña sin límites hasta las raíces y allí se reconoce (Aimé Cesaire).

Justo la serie ante la que ahora me detengo Cuaderno del Quinto Mundo (2012-2018) es inspirada por los versos de un libro conmovedor del poeta martiniqués Aimé Césaire titulado Cuaderno de un retorno al país natal, y la considero una aventura visual que trae en si la complejidad y el riesgo. En ella estalla la vena de un pintor a toda prueba, de pensamiento extremadamente ágil, capaz de hacerlo coincidir con los dones que profesa su mano. Entonces presenciamos composiciones delirantes y a la vez maduras por el alto nivel conceptual que exhiben y la claridad con que se concretan las intenciones.

En este Quinto Mundo aparecen deliciosas citas gráficas que nutren cada una de las piezas y les proporcionan varios niveles de lectura. Se destapan iconos que transforman la mueca patética de la historia, en una expresión más creíble, con sus dosis de humor; pero sin perder el sentido crítico y la vocación de convocarlo. Por ahí anda el acierto más palpable de cada una de sus relecturas, de esas reconstrucciones que nos pasean por el descubrimiento, la conquista  y la colonia en esta isla.

Una de las pinceladas más frecuentes que introduce son las referencias a Paul Colín, el carácter de sus carteles y en especial la imagen que dejó al mundo de la célebre Josephine Baker con su inmortal saya de bananas. Estas secuencias a la vez tienen que convivir con otras, como es caso de la pintura de Víctor Patricio Landauze, en quien también parasita para representar y parodiar la actividad de los negros en las plantaciones, en el ingenio; o en sus expresiones culturales (Baile Negro, 2013). Desde ese rejuego encuentra una manera de ser mordaz ante un hecho tan irracional como la esclavitud, a la vez que se rinde un claro homenaje al gesto costumbrista. 

En otros pasajes del Quinto Mundo Theodore Bry y Tomi Ungerer también son citados por el artista, citas estas que consolidan el alcance de esas obras y sobre todo su capacidad de dialogar e insertarse dentro de una cuerda más cosmopolita.

Su gracia a la hora de percibir el pasado no le resta fuerza y claridad para ocuparse de presente; así lo demuestra con un cuadro reciente que pertenece a la serie Polizón, donde la mismísima Frida Kahlo, resulta Deportada (2018), y comprende la esencia despiadada de lo que ahora mismo se vive.

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