DAVID BELTRÁN

El factor tiempo

Por Abel González

La generación de David Beltrán tuvo el estigma del cambio de milenio. Esto puede interpretarse como una suerte o como una desgracia según de donde se mire. Por un lado fue una generación bisagra entre los noventa y el arte más joven de la Isla, a medio camino entre sus temas, formatos y obsesiones. Esto le otorga una posición desmarcada, ambigua, rara a la hora de ser sistematizada. Por otro tuvo que enfrentarse a una especie de éxodo –una vez más- en la que la mayoría de estos artistas recién salidos del llamado Período Especial cubano buscaron otros horizontes como posibilidad de mejor vida, lo que sin duda pasa una cuenta promocional a cualquiera.

Se organizó básicamente en dos grupos correspondientes a proyectos pedagógicos, quizá los últimos de una larga saga proveniente de la década de los ochenta que adquirieron una verdadera trascendencia dentro del recinto del Instituto Superior de Arte (ISA). DUPP (1997-2001), acrónimo de Desde una pragmática pedagógica capitaneado por el artista y profesor René Francisco y el colectivo Enema (2000-2005), quienes contaban con el artista Lázaro Saavedra como figura de máximo prestigio, por aquel tiempo, también profesor de la institución. Con características diferentes, los dos proyectos impulsaron la participación de sus integrantes en los eventos más notables del panorama artístico cubano, incluido la Bienal de La Habana. Así, de la mano de Enema, David Beltrán exhibe en su curriculum la suscripción a la nómina de la 8va Bienal (2003) con la célebre pieza Morcilla, que consistía básicamente en la presentación de una morcilla de aspecto común realizada con sangre extraída de cada uno de los integrantes del colectivo.

De esta formación específica le viene su doble orientación hacia el performance y el objeto. Una tradición que está contenida en los inicios de las prácticas performáticas en las artes visuales de los cincuenta y los sesenta, y que está asociada a una tropa tan llamativa como la de Jackson Pollock, Fluxus, Yves Klein, Lucio Fontana, James Lee Byars, el grupo Gutai, etc. El objeto como continente de una acción que le otorga sentido a la experiencia artística.

Por eso, entre otras cosas, el tiempo es una de las marcas que exhiben sus últimas piezas. Un tiempo que tiene su correlato perfecto en el sosiego que producen y que también nos habla de un proceso de interiorización, de intimidación de las prácticas que en sus años de estudiante lo colocaron entre la vanguardia. Su obra es aquello que ocurre entre dos acciones, una instintiva y otra reflexiva o emotiva. La conjunción entre el acto vital, un soplo, la respiración y una experiencia de color –Soplos de vida (1)-. También se entrega –no encuentro un mejor verbo para definir esta circunstancia introspectiva de David- a Sentimientos Sumergidos (2), donde fija el movimiento aleatorio de un pigmento diluido en el agua. Puede ser este el modo idóneo de indagar en las cualidades subjetivas de un color sin apelar a los fundamentos de la forma y sus matices ideológicos.

Hay en David siempre una distancia y una coherencia entre sus trabajos. La distancia le corresponde a la contingencia, al hecho de haber vivido en España mucho tiempo, o a la asunción de disímiles situaciones personales. La coherencia le viene de un modo de afrontar la creación que posee un eje conceptual, distraído, una distracción que tiende a la contemplación o a la broma.
Fragmentos de Infinito (3) es un conjunto de fotografías que discurren sobre los pequeños enigmas de las incontables texturas de La Habana y otras ciudades Europeas. Las fotos encuadran imágenes muy bellas, mas es la mirada de David la que existe como obra, no los hallazgos. En algún punto siempre pienso en un texto de Carpentier titulado La Habana vista por un turista cubano. Una mirada des-involucrada, que guarda distancia, que puede darse el lujo del avistamiento extracotidiano de un musgo, o de la figura que propone un elemento arquitectónico; también es una mirada que comprende y que ve las mismas cosas que nosotros -un parabrisas, el malecón, las aceras, una fuente- pero de otra manera, microscópica, espacial, técnica o pictórica.

Algunas de sus obras se convirtieron en vallas antipublicitarias en el Malecón de La Habana. En su trayectoria hay un tema obsesivo: la presencia física, que viene dada por el impulso del performer o el de sumar instalaciones y estructuras arquitectónicas al paisaje citadino. Dentro de este tema está uno de sus más recientes méritos, su reinserción en el panorama cubano de las artes visuales. Los últimos eventos en la Isla dan cuenta de ello.


1 La serie consiste en el acto de respirar un color sobre una superficie plana durante una determinada cantidad de tiempo.

2 Para lograr este conjunto de piezas David Beltrán sumergió un pincel con tinta al evocar un sentimiento durante un tiempo. El resultado se muestra desde la fotografía.

3 Es una serie fotográfica donde David Beltrán fue registrando detalles de texturas con características plásticas que se encuentran en disímiles lugares de varias ciudades.

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