CARLOS QUINTANA

Diario de alucinaciones: escarbar en la realidad y hurgar entre fantasmas

Por Suset Sánchez

Como los personajes de Virgilio Piñera, las obras de Carlos Quintana portan ese signo ambiguo que constituye el absurdo, la apariencia extrema de una narración basada en la descripción de las pasiones humanas.

Su pintura se consuma en el acto de desvelar, una y otra vez, lo que esconde la subjetividad de alguien que experimenta perennemente el ansia incontenible de vivir el furor exaltado de su propia pasión. Justamente ese empaque visceral de las obras del artista, nos sitúa ante la duda sobre los límites, las fronteras donde termina la crónica de la realidad y comienza el territorio de lo onírico, ¿acaso diferentes?

A veces topamos con personajes solitarios, empecinadamente abstraídos, como sacados de un mundo fantasmagórico, provenientes de los sueños del autor.

Entre trazos expresionistas y un poco de bad painting, se reconstruye la anatomía anárquica y deforme de espectros apenas esbozados, cuyas siluetas parecen flotar en el vacío.

Ellos habitan el cuadro ajenos a todo, a la mirada impertinente y curiosa, extasiada y confundida del espectador. Residen en un espacio etéreo como ánimas que levitan, insomnes presencias que aún cuando ya no estemos frente a la obra, nos acompañarán varias horas encarnando la sombra de un enigma. En muchas ocasiones, las composiciones devienen una representación psicodélica. Se agolpan y amontonan figuras, textos, vestigios de paisajes, un palimpsesto de imágenes que parece mostrar las bifurcaciones de un viaje más allá de la conciencia del individuo, hacia los terrenos vedados a los no iniciados en los misterios de una fe, de un credo.

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Carlos Quintana