ÁNGEL RICARDO RICARDO RÍOS

Coitus reservatus 1

Por Magela Garcés

Llevo más de quince días con una víbora colgada al cuello.

Aproveché que me había quedado sola en la galería y me puse a mirar los cuadros. Observaba con disimulo, no me quería vincular, me daba cuenta del veneno. Tropiezo con Una parte de Batman, ese sadomasoquista, y me ardió aquello. Al cabo (aún no termino de mirar las piezas) un sátiro entra y me acosa calmado, me distrae. Se muestra sutil, como las representaciones a mi alrededor, solo me habla y lo deja todo a la imaginación. Sugiere mucho, narra lo que me haría. Poco a poco me veo convertida en lienzo, en esa tela que palpita, que brilla, que parece húmeda, que se parece a mí.

De pronto el sátiro se esfuma y me deja a solas conmigo misma. Y con las pinturas. La seducción ha sido total, en todas direcciones. La vigorosidad con que están hechos los cuadros me recuerda que Ricardo trabaja febrilmente, que la pintura le es una necesidad, que todos los días, muchas horas, pinta como un poseso. “Yo no sé cuando parar”, me dice; en su obra “hay un 70, 80 % de accidente”. Y yo me complazco en imaginarme ese exceso como pura sublimación neurótica. Me pregunto entonces cuántas sesiones grupales, cuántas experiencias homosexuales, cuánto cachondeo, cuánta frecuencia, cuánto tiempo, si la misma espontaneidad, si la misma energía, si el mismo arrebato… Vacilo las pinturas con emoción voyeurista. Porque es la Regla de tres la que importa aquí y a mí. La misma Regla de tres que le importa a Ricardo, lengüisucio, diablo. Regla que me interesa solo desde el momento en que arde aquello.

Habría que estar loco para negar lo jugoso, la carnosidad de ciertas plantas. ¡Claro que las flores siempre han tenido algo de promiscuas, y que las frutas siempre han sido unas descaradas y los vegetales unos malnacidos! Nada más natural que usar un pepino como dildo, o devorar unas Fresas negras -untadas- con mantequilla tal y como hizo Marlon Brando con Maria Schneider…

Por eso, así como los críticos no deberían tener permitido conocer a los artistas, algunas cosas, como estas, deberían ser censuradas. Porque sacan el demonio en nosotros (en mí). Mirar estos lienzos despierta un fetiche raro, mucho más, cuando me entero de que son pintados con las manos -gesto indexicálico maldito-. A cada uno de ellos dan ganas de tocarlo, de metérsele dentro, de metérselo dentro. Es un deseo grosero, marrano, de tomar parte en el proceso, de experimentar ese tacto, ese olor, de pintar con mi cuerpo, a lo Yves Klein, con la música de fondo -OJO-, ese “volumen”, ese “alguien que está presente” y participa. Subvertir eso de que la pintura es una “geografía controlada, tiene un marco, no competen más cosas”, cual zona de confort imperturbable.

Cada tela de Ricardo es un test de Rorschach y en todos yo proyecto lo mismo. Más aún cuando paso por su estudio y me encuentro la apoteosis fálica. Que no, que eso es impresión tuya, me dice el sátiro, que siempre hay algo que entra y algo que sale, algo que penetra y algo penetrado. Ok, entiendo la importancia para ti de esa dualidad, pero de que predominan, predominan, no me jodas, le digo yo. Si en definitiva No son venenosas y no se comen, ¿cuál es el punto? Para mí sí son venenosas y sí se comen, de hecho. Por eso no me trago su cuento, siento que hay algo opaco, algo que se me oculta. A pesar de ello, Ricardo ha creado una situación y ahí es donde estoy. Tengo 16, casi me llamo Lolita y eso me desestabiliza, me confunde, me hace dudar. En un gesto de timidez me llevo la mano a la nuca y siento la piel escamosa del ofidio, apretándome. Ardores, sátiro mío, continuos ardores. La víbora en mi cuello por momentos me parece un alacrán, punzante. O un pulpo, viscoso, lleno de ventosas, succionador… y yo disimulo, me defiendo, pero me dejo hacer. Levito…

El sátiro me quiere mostrar su Origen del mundo, sobre el cual quiere que salte, como quien salta sobre una cama elástica, porque para él de eso se trata; pero no se lo permito. Qué tarea más difícil lidiar con los instintos. Mierda. Jenny Holzer, Protect me from what I want, que I have not enough guts y siento un reguero de tripas inminente, una parte del intestino presta a reventar. Si salió verde es positivo, me recuerda el sátiro, pero no, el color es otro. Pienso en Umberto Eco y en la intentio auctoris y en Freud y en que detrás de (casi) todo hay una intención sexual, etc. Pero tampoco hay desmontaje hermenéutico que valga. Deconstruir una pieza de estas entera, con las ganas que tengo de hacerlo, unas ganas bífidas y delirantes, sería un descaro de mi parte. Porque a mí ni Rubens, ni el Shunga, ni el Barroco Latinoamericano, ni ni el Impresionismo, ni el Expresionismo, ni Kandinsky, ni Basquiat, ni Haring, ni Pollock, ni Georgia O´Keeffe, ni Umberto Peña, me han hablado nunca tan personalmente.

Con todo, el trabajo de Ricardo sigue siendo demasiado pulcro; su relación con la pintura (¿solo con ella?) sigue siendo demasiado respetuosa. No usa fluidos humanos sobre el lienzo, no lo violenta, no lo folla, no lo sangra, no lo escupe, no lo llora, no lo eyacula… Lo embarra solo de pigmento, con la timidez de quien ama y teme ultrajar el objeto amado. Qué hermoso, qué delicia, qué morbo corromper eso.

Sin remordimientos, lo asumo todo como un coitus reservatus (nunca me ha gustado quedarme con dudas). Y que lo que pase en La Habana se quede en La Habana. Pero En lo que son peras o manzanas, yo mejor me pongo a hacer otra cosa. Me tengo que aguantar, y no solo en la extensión editorial. No me conformo. Esto de contenerse a veces se siente feo. Al sátiro no lo he vuelto a ver. La víbora ya no me aprieta el cuello, pero sigue ahí colgada, mirándome fijo a los ojos.


1. A propósito de la última presentación de Ángel Ricardo Ricardo Ríos en La Habana. Y sin el permiso de Legna Rodríguez Iglesias, por algunas insolentes apropiaciones de cierto texto suyo.

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