ALEJANDRO CAMPINS

Campins en el paisaje

Por Flavio Garciandía

Aunque el resultado es equívocamente aleatorio, Campins pretende despojar a su obra de ambigüedades inútiles. Su pintura se encuentra muy plantada en esa zona imposible que está entre el romanticismo de Caspar Friedrich y el cinismo juguetón de Kippemberger.

La Pintura es el centro tautológico de su obra; como debería ser… digo yo.

La espontaneidad y la inspiración desatada (¡sí, la inspiración!), son el modus operandis de este artista. Y todo se resuelve con una efectividad formal y técnica… que eriza la piel.

En sus pronunciamientos Campins es más serio que una tumba. Su obra, afortunadamente, es como una carcajada encerrada en un ataúd de terciopelo rosa.

Campins pone en marcha un exotismo al revés, que funciona, aún con esa falsa melancolía (o gracias a ella quizás), como un afilado instrumento de investigación cultural y antropológica. Pero esas angustiosas nociones de identidad, pertenencia, desasosiego, dispersión existencial, escapan por un tubo. Y al final queda este muchacho pintando solo en su soledad…muy requetebién, por cierto.

Su trabajo merece ser reconocido, al menos ahora, académicamente, en toda su excelencia.
De las molestias del mercado, la crítica tonta y desinformada, los curadores prepotentes, nadie le podrá librar…

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