ADISLEN REYES

La sombra del oropel

Por Josuhe H. Pagliery

La obra de Adislen Reyes a primera vista nos resulta hermosa. El proceso artístico, en su caso devenido matriz de un universo erigido en lentejuelas, ligas de colores y acabado aséptico, nos remite a una visión manierista de un mundo en donde en apariencia la intención formal se antepone sobre análisis más conceptuales de la realidad. Sus cuadros (en el caso de la serie Ligas siempre de pequeño formato) recrean una suerte de viñetas bucólicas en donde figuras infantiles de aspecto andrógino, se ven envueltas en situaciones aparentemente intrascendentes que pudieran ser entendidas como el despertar sexual de tales criaturas, o más por lo claro, como una referencia de la pérdida de la inocencia. Y claro, también resulta evidente que hay mucho de propósito en que la relación espectador-obra transcurra desde esta visión hedonista, una mirada en donde la belleza triunfa sobre las ideas (para luego y casi por defecto) adentrarnos en la comprensión de un zeitgeist más bien oscuro, al que solo le queda de brillante el oropel al que en un principio tan falsamente la artista pretendía dignificar.

Con Ligas se toma de pretexto la puerilidad de un accesorio de moda (pequeñas bandas coloreadas de goma de disímiles formas y emparentadas con extraños atavismos sexuales) para de construir el reflejo enrarecido de la realidad que propone. El uso de un imaginario infantil, más emparentado con el mundo de la ilustración o de la gráfica, solidifica la certidumbre de que el mundo que nos muestra no es el resultado de la gratuidad o del mero capricho estético; el mismo fue seleccionado a conciencia para consolidar en el espectador una sensación acuciante cercana en lo sicológico a la expectación. Y es precisamente ese estatismo visual el que nos hace entrever tal sentimiento, el inacabado dramático de tales micro-situaciones que no concluyen o que siquiera transcurren en lo absoluto.

Otro dato importante lo constituye la completa ausencia de enunciados éticos en la obra de Adislen, si en sus retablos pulcros no hay cabida para lo feo, mucho menos existe espacio para doctrinas rígidas o diatribas morales de tipo alguno. Todo es permitido en un lugar en donde el único requisito indispensable es no desentonar con el entorno estético que nos envuelve. Quizás pudiéramos entonces ver sus cuadros como una forzada alegoría de la realidad generacional a la que se ve sujeta la propia artista, una realidad en donde el valor de lo aparente y lo superfluo pareciera trascender por encima de cualquier otro concepto. Al final Ligas nos remite demasiado a estos tiempos que corren, al ahora de una generación marcada por la intrascendencia de lo aparente, de lo momentáneo y de lo perecedero. Presenciamos el final del proyecto grupal que ineludiblemente dará paso a la tan ansiada utopía del yo, una constante erigida en la satisfacción personal, en la carencia de límites para el goce, en el silencio cómodo producto del vaciamiento.

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